La marca del ángel en los labios

 

Una leyenda judía cuenta cómo un ángel coloca su dedo sobre los labios del bebé justo antes de nacer. Esa caricia borra de golpe la memoria del paraíso en el cual vivía. La huella del ángel, continúa la leyenda, se convierte en el surco vertical que baja de la nariz hasta el labio superior.

Cuando un niño está en el seno de su madre tiene todo el conocimiento del mundo.
Sabe cuántas estrellas hay en el firmamento, cuántas gotas hay en el mar y cuántos granos de arena en el desierto.

Conoce los misterios del cielo y las estrellas, y conoce hasta la última letra de la Torah.
No hay misterio sobre la faz de la tierra que desconozca, ni misterio en el cielo o en el mar que no pueda resolver.
Pero cuando está a punto de nacer, su ángel de la guarda baja del cielo y colocando un dedo sobre sus labios sella todo su conocimiento dentro de él, y le susurra una sola palabra...“APRENDE”

(Es la marquita que todos tenemos arriba del labio en el centro)

En las leyendas, borrar los recuerdos en las criaturas que nacen o en las almas que regresan tiene sentido: la vida es nueva, la vida empieza, el olvido tiene lugar. En la vida, otra es la historia: los recuerdos deben ocupar un lugar privilegiado. El reverso de la existencia es el olvido.

La palabra que originó A veces ayer es recuerdo. Qué somos si no somos recuerdos. Qué somos si no bordamos en ellos. Se corre el riesgo de distorsionar el presente si el pasado no regresa y dialoga.

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